Meninos
3 de la mañana. Un menino da rua está llamando a la campana de la casa insistentemente prometiendo no dejar dormir a nadie hasta conseguir algunas monedas para comprar algo de comida. Héctor ya no sabe qué decirle para que se marche y el policía de la esquina observa la escena impasible, como es habitual en ellos, imperturbables ante cualquier situación. Supongo que si corre la sangre harán algo, al menos apartarse para que no les salpique…
Movido por una desazón que me va hurgando ahí dentro desde que llegué a Salvador, salgo a la calle y le miro a los ojos (primera vez que me atrevo a hacer eso con una de estas personas) y le pregunto que qué quiere. Deber tener 10 ó 11 años. Le faltan 45 céntimos para poderse comprar un “lanchonete” (un minibocata). Sé que no le puedo dar el dinero, si lo hago saldrá corriendo calle abajo y al llegar a la esquina le comprará al camello de turno una dosis de crack. Así que me lo llevo de allí en busca de algún lugar para comprarle algo de comer. La ciudad ya está prácticamente dormida y me intenta llevar hacia las calles prohibidas y le digo que ni de coña, que si no encontramos algún sitio abierto por los alrededores, que se olvide. De camino le pregunto que dónde duerme y me señala el quicio de un portal que había un poco más adelante. Por fin vemos que tras la esquina de una de las calles de las que marcan el límite de seguridad los policía-estatua parece haber algo abierto. Le pregunto al policía si considera seguro que me acerque hasta la esquina y niega con la cabeza. Un gorrilla se acerca hasta mí y se ofrece acompañarme; el propio niño me aconseja que le pida al poli que me acompañe él. Este accede y nos “escolta” a 10 metros hasta la esquina. Allí hay un lanchonete abierto y entre miradas extrañadas y silencios le compro el paquete de galletas que el menino me pide. Salimos y se marcha con paso rápido, descalzo, y se pierde en la oscuridad; quizá ese paquete de galletas le sirva como moneda de cambio para su dosis. Miro al policía, y regresamos los 20 metros que nos separan de la zona segura. Me voy a paso lento hacia la casa e intento dormir.
¿Cuántas parejas que desean adoptar un niño y están esperando años para conseguirlo se llevarían a uno de estos meninos a su hogar si “el sistema” que los deja morir en las calles permitiera darles esa oportunidad?

1 de Septiembre, 2007 - 22:10
En la península de Samaná me pasó algo parecido (y ya sabes que a mi es poco probable que me pasen estas cosas, tú me conoces).
No puedo decirte lo que siento por tí ahora porque es una mezcla con demasiado odio en la receta y tampoco puedo dejar de quererte muchísimo por contarlo. Tú me entiendes.
1 de Septiembre, 2007 - 22:31
Hay algo dentro de mí q se remueve incesantemente al recordar tu texto. No me atrevo a volverlo a leer, pq ya sé q lo q se removerían serían las lágrimas en los ojos. Sólo sé dos cosas, q me enorgullezco de darles todo el amor del mundo a mis hijos y q me avergüenzo de q no les falte de nada y aún les sobre y no lo sepan valorar.
Fuiste muy valiente en todos los sentidos, y tpoco yo puedo dejar de quererte. Es difícil.
2 de Septiembre, 2007 - 17:41
Joder me has dejado de piedra, helada. No sé qué decir, que no hay derecho, que por qué!
Gracias por compartir tus vivenvias, por vivirlas de esa manera y por hacernos pensar.
2 de Septiembre, 2007 - 20:17
Pues si que es triste, si… Y mas triste que también ocurre aqui algo parecido, cuando se supone que nos sobra.
Poniendo un ejemplo de aqui, yo siempre digo que es muy triste pensar automáticamente, al ver por la ciudad una chica negra, de que se trata de una prostituta, pero lo mas triste es que sueles acertar.
En fin. Podemos nadar contra corriente, dejarnos llevar, pero cambiar el curso del río… pues no.
13 de Septiembre, 2007 - 1:00
Hace años, en Portugal,(Donde estuve estos dias) nadie se escandalizaba de ver a los meninos ir descalzos por las calles,hoy pasa la gente indiferente cuando se huele a porro o se ven cosas peores. Ver y leer tus vivencias de ahí,me estrechan el “garganchon”pero…no dejes que la tristeza de esos momentos quite la razón a la alegría de conocer algo nuevo.
Seguramente segun me han dicho, esta semana mas … o menos…. seras
tio de nuevo de una no menos guapa niña, que va a tener la fortuna de unos padres y familia que no la dejaran tirada por las calles. un beso pequeño
14 de Septiembre, 2007 - 19:45
Sí, creo que uno de los esfuerzos que debemos hacer en el mundo occidental con los niños y jóvenes es explicarles y recordarles siempre que se ponen demasiado gilipollas, que pertenecen al privilegiado grupo del 20% de seres de este planeta que llevan una vida realmente digna. O no lo saben, o lo olvidan muy fácilmente.