Paseando por el sur (4ª parte)
“… Cuando encontré al cubano por ahí al salir de la habitación, le hice saber que había visto a su divinidad nada más levantarme y mirar por la ventana,
Ya te puedes imaginar cómo se puso la criatura. No sabía si morirse de envidia o arrodillarse ante mí. Él sabía perfectamente que yo, hasta antes de nuestra conversación de la noche anterior, no tenía ni la más remota idea que quién era su ser más adorado, que no había peregrinado hasta allí en su busca, y le parecía de lo más impresionante que yo hubiera tenido la enorme suerte de verlo pasar sin ni tan siquiera haber salido a la calle.
Parecía alocado y me preguntaba todo tipo de detalles sobre aquel maravilloso momento de la mañana en que él no debería haber estado durmiendo. Y cuando acabó con su interrogatorio, me felicitó por haber sido tan sumamente afortunada y me dijo que la verdadera razón por la que yo había visto al santón no era que yo hubiera mirado casualmente a aquella hora de la mañana por la ventana, sino que aquello había sucedido porque Sathya Sai Baba había querido que yo lo viera… porque por alguna razón, aquella había sido su voluntad.
En realidad, nosotros creíamos que habíamos aparecido allí porque aquel lugar aparecía en el mapa como un punto más o menos equidistante entre Bangalore y Anantapur. La versión del camarada caribeño, sostenía en cambio que habíamos aparecido allí porque Sai Baba había querido que así fuera… y ante tanto empeño, pues no hay nada más sorprendentemente embaucador que alguien que te habla de ti mismo como si supiera más que tú, y tras haber ojeado el mapa de nuevo y ver, que “equidistante” entre Anantapur y Bangalore no es precisamente la caraterística que mejor define la morada de Sai Baba, empezamos a sospechar que aquel lugar aguardaba a aquellos viajeros que abandonan sus guías de viaje antes de emprenderlo y van dejando que cada paso de su camino lo marque el azar de su instinto.”
(Mónica)