Retazos de viaje
Por BAKU
El viajero impenitente (título pomposo para referirnos a este mequetrefe que, además, en este viaje, lleva tal prudencia que se troca en cobardía; vale, luego me explico) se despertó a eso de las 6. El suave son de la lluvia invitaba a seguir en cama ; ya se había levantado a miccionar entre las 3 y las 4. Quedose, pues, disfrutando de todo esto y mucho, mucho mucho más que por su cabeza llovía por un buen rato. Bien sabía que el curso acelerado de inglés de Vaughan (tan retrasado ya) lo esperaba. Decidió soñar que tampoco ese día habría curso V., que lo que invadía su mente no era como para ir metiéndole líos gramaticales, y menos de la Pérfida Albión.
Seguía lloviendo, pero decidió levantarse, tan alegre como ya iba tras sus ensoñaciones; curioso, todas con final feliz; lo que es la mente, eh.
Como la mañana no daba para caminatas, a moverse desde su silla de lectura; Fragmentos de Apocalipsis, de G. Torrente Ballester por casi dos horas.
Entretanto, chubasquero y jugos (uno de piña y naranja en solitario y otro de papaya y mango (!) para él y sus dos amigos, a los que despertó, perezosos ellos, para hacérselos llegar), y más Torrente.
Parecía que nunca iba a dejar de llover, pero a media mañana comenzó a amainar y en una hora hasta la niebla se había levantado. Otra vez el soberbio espectáculo del Himalaya frente a los ojos de nuestro J., o B., como se le quiera llamar, que por los dos responde.
Este espectáculo es demasiado bonito para perdérnoslo, aunque sea desde la habitación; hemos de buscar otras con vistas mejores. Y a eso se encaminan los tres intrépidos, ya tocando las 12.
Le voilá! Esto es lo que buscábamos. Describo: una habitación, con una sola cama, vale, qué importa, ya dormiré en el suelo, pero de frente a todo. Y en alto, para más señas. Para llegar al hotelito (Guest House) se deja la calle principal ( y única) de la población (añadido a Manali 3 kms. más arriba) justo donde el templo budista, creo, ya entraremos luego. Templo a la izquierda, comenzamos a sortear callejuelas empinadas por donde transitan por igual personas y animales (vacas, omnipresentes vacas). Y escaleras cuyos peldanos dan a veces a huecos que dan miedo. Por supuesto, sin barandado ni protección alguna. Con algo de sudor por la mochila al hombro, llegamos a nuestro Dharma Guest House. Y allí, otra vez la hab. 113. No sabemos por qué, acabamos siempre en la 103 ó 113…
Parece limpia, y hasta tiene una especie de cuarto ropero; la de ayer, sobria monacal, como casi siempre, no tenía más que una lámina gastada, mal recortada de alguna revista de arte, con la figura ecuestre del Conde Duque de Olivares, que ya tiene guasa, ya, en India.
Pero esta no tiene santos ni santones.
Eso sí, una terraza, casi para nosotros toda, !con un columpio! Sí, sí, contenga la inclinaci’ón a pensar en la mentira o la exageración, un señor columpio. Ya se veía nuestro JB leyendo en él a la tarde, si las lluvias del monzón…

Eso sí, una terraza, casi para nosotros toda, !con un columpio! Sí, sí, contenga la inclinaci’ón a pensar en la mentira o la exageración, un señor columpio. Ya se veía nuestro JB leyendo en él a la tarde, si las lluvias del monzón…
En la subida habíamos comprado un pedazo de queso de yak. Damos cuenta de él en ” nuestra” terraza y no mucho después, si no por gana, sí por hora, visitamos el comedor del hotelito. Este nos depara una comida ya conocida, pero más o menos agradable.
Y para la digestión, subida a la catarata; media hora larga de pendiente pronunciada, con algunos resbalones, camino compartido con un par de japoneses miedosos (de esos que no hubieran sido aceptados en el Imperial Ejército Nipón de los anos 30, seguro), pastorcillas locales paraguas en ristre, que no deja de sorprendernos como aderezo de su indumentaria, pastoras con paraguas, más aprece el título de una obra de Miró; y vacas, claro.
Ya de bajada, más resbalones, alguna caída sin consecuencias y entrada en un campo furtivamente a por manzanas; homenaje a la infancia de JB, suponemos.
Más terraza, más cerveza, más Torrente.
Había olvidado que por la mañana hasta nos habíamos dejado tostar al sol un ratito; la terraza, la terraza…
Hora de salir. ¿Recordáis el restaurante japonés que vimos ayer? ¿Sí? Pues allí que vamos, no como los indomables, que no cabemos por las calles, pero sí decididos.
Tras comer platos que ni sabemos pronunciar a las pocas horas y haber charlado un ratito delicioso con la risitas cocinera japonesa , ” piccola passeggiata”, donde nuestros muchachos tientan la posibilidad de hacerse sendos sacos de dormir de seda, y al hotel, que hay cerca internete y hemos de contar cuanto de bello hoy hemos visto.
Y esta es la pequeña historia de tres viajeros y de su jornada de paz por las estribaciones del Himalaya. Como para repetirla sin cansarse hasta el día del juicio final…

Agosto 29th, 2008 at 9:51
Y las pastorcillas no se dejaban fotografiar junto a las vacas?
Agosto 29th, 2008 at 19:34
¿melancólico? ¿con morriña?