El encantador dueño del Alyamia Al-arabía posa conmigo en la despedida de su cochambroso hotel. Se desvivía por facilitarnos a los viajeros toda la ayuda que pudiéramos necesitar. Nos escribía extensas notas en árabe para que se las enseñáramos en los microbuses, a los taxistas, en los sitios que visitábamos, etc. para que no tuviéramos ningún problema. Majísimo. Le prometí volver.

El detalle del retrete también tiene su gracia, ¿eh? Es el primero que me encuentro así, y la idea no es mala. Es plegable, y cuando acabas lo dejas colgado de un clavico.
Pero si bien mi intención era ir a Palmira, cambié de idea sobre la marcha. Consiguieron cambiar mi rumbo (sin mucho esfuerzo) un par de mozicas de Madrid que habían dormido en el hotel pero que no nos habíamos visto hasta ese momento de
marchar. Ellas iban a Alepo haciendo parada en el lago Assad (creado por una presa en el Eúfrates a la altura de Ashaura) para darse un bañico. Así que allí que me fui con ellas, y con 3 ingleses también del hotel que casualmente iban allí a pasar el día para luego volver. Mi intención era llegar por la noche a Palmira, no sabía cómo ya que las comunicaciones eran complicadas, pero no me preocupaba demasiado.




No fue sencillo llegar al lago ya desde el principio en Deir cuando perdimos el único autobús que iba… Aún así, y gracias a las notas del amigo del hotel, nos metieron en otro microbús que iba cerca. Luego allí unas cuantas ayudas más y por fin vimos el agua. Precioso. Pero el acantilado también era hermoso… La suerte, siempre presente en este viaje y que toma la forma de seres humanos sirios, nos llevó a la orilla del lago de la mano del amable dueño del bar del acantilado, y no nos quiso abandonar en ningún momento por si nos pasaba algo. El lago era muy profundo, decía. Y era cierto, a tres metros de la orilla ya no veías fondo, y eso que las aguas eran de una transparencia y limpieza que nos dejaron pasmados. Y encima estaba a la temperatura ideal. Sólo hubiera faltado una excursión de brasileñas para que eso fuera el paraíso… Pero bueno, tampoco estaban nada mal Cristina y Violeta, y sobre todo eran de esa opinión los pocos lugareños que allí se encontraban y que poco a poco iban aumentando en número. Los minutos en los que habilidosas ellas se pusieron el bikini haciendo virguerías, fueron memorables. Seguro que nunca actriz alguna ha tenido un público tan atento, sin perderse ni un solo segundo de la actuación, sin pestañear, vamos. Luego todos al agua a calmar los ánimos… Hasta que se animaron y se acercaron a socializarse como sólo los sirios saben hacer. Al que le pasa la mano por el hombro a Cristina le falta una pierna, pero nadaba como un campeón y manejaba los brazos con mucha soltura. Ellas no saben cómo, pero en el mismo instante a una le toco las tetas y a la otra el culo; que cada cual imagine cómo hacía para flotar con una sola pierna…
Por fin llegó la hora de las despedidas con promesas de volvernos a ver en Damasco en los próximos días, y los ingleses se quedaron apurando la tarde. El que estaba realmente apurado con el tiempo era yo, ya que no veía cómo me las apañaría para llegar a Palmira. No era fácil, ni siquiera con la ayuda de los sirios. La ayuda comenzó en el bar del acantilado donde el colega tenía un amigo taxista que nos llevaría rápidamente a las chicas a su estación, y mi a la mía, que estaba bastante lejos. Y hay que ver qué pequeño es el mundo, incluso en Siria, que el taxista se me queda mirando y me dice: “tu estuviste en las ciudades muertas, ¿no?”, “sí, sí” le dije. Joder, ¡era el tipo que me llevó aquel día con el coche! Tremendo. El era del pueblo de al lado de las ciudades muertas, Kafar Nubul, pero trabajaba en Ashaura como taxista, a unos 300Km.
En la estación comprobamos que ir a Palmira era imposible, y que mi única opción era desandar lo andado hasta Deir, y de allí ir a Palmira, pero a ver a qué horas… Y las cosas no pintaban bien porque dos autobuses que iban para allí estaban llenos, y a pesar de que el taxista ahí estaba ayudándome con todo, nadie sabía si habría más autobuses. Los sirios son muy amables, creo que ya lo he mencionado alguna vez, pero también reina mucha desorganización… Uno de los buses que estaba lleno llevaba largo rato pitando sin parar porque le faltaba un pasajero. Yo bromeaba con ellos y les decía que hicieran un cambio, que me cogieran a mí. En la estación no estaba el supuesto pasajero. No se lo pensaron mucho. Adentro que me metieron.
Y tampoco se lo pensaron mucho para decirme que dejara mi asiento y me pusiera delante con ellos. Me convertí en el pasatiempo del viaje. Me sentaron en el asiento de al lado del conductor, y los dos ayudantes se sentaron en las escalerillas y ahí estuvimos de charreta todo el viaje. Fue entretenido. El conductor era capaz de fumar, hablar con el móvil y mirar mi lista de vocabulario en árabe, al mismo tiempo que conducía… yo los llevaba por corbata, pero a ver quién dice nada… bueno, sí, les dije que en España si te pilla la poli hablando con el móvil te empapela, pero ya no me sentí capaz de explicarles cúantos años de cárcel te caerían si te pillaban haciendo los malabarismos que el hacía.
A la llegada a Deir, volví a cometer el mismo error que tan jodido me tiene. Volví a pensar que me querían engañar. Les había pagado el billete pero no tenían cambio. Me tenían que devolver el equivalente a unos 12 euros, no era una cantidad desdeñable, y como no comprendía lo que me decían, entendí que el conductor se había ido a su casa con el dinero y que no sabían nada más de él… Me enfadé, claro, sin perder los papeles pero allí estaba sin saber que hacer, “hablando” con los dos ayudantes y con otro pasajero que sabía inglés y que decía, “sí, sí, yo he visto cómo les dabas el dinero y no te devolvían el cambio”. Pero entonces apareció el conductor con el cambio. Se había ido a no se dónde a que le cambiaran el billete que les había dado. Todo fue un malentendido. Los problemas de comunicación son terribles, si pierdes los nervios un malentendido te puede llevar a generar una situación indeseable. Como dice mi buen amigo Sergio B. “nunca hay demasiada calma”.
Pero no era calma lo que necesitaba entonces sino agilidad de movimientos, eran más de las 8 de la noche y ya me veía cumpliendo la promesa de volver a ver al dueño del Alyamia… Pero en ese momento salía un bus que pasaba por Palmira. Me dejaría allí más tarde de las 11 de la noche, pero bueno, en algún hotel tendrían sitio, había que confiar.
Y sí, todo salió bien, ni siquiera tuve que regatear, el primer hotel al que llegué me dio una cuadruple con baño para mi solito por 400 liras, es decir, 6 euros. Regalado. Corren malos tiempos para los hosteleros de Palmira. No hay demasiados turistas que vayan para quedarse, la mayoría hace excursiones de un día desde Damasco o Homs. Así que los de los hoteles, que en su momento supieron abusar de la clientela, ahora están pagando algunos platos rotos.
Y de Palmira, ¿qué contar? Debí hacer unas 200 fotos, así que sólo voy a poner un par, sino va a ser un lío. El que quiera saber cómo era una ciudad romana a lo grande, que venga y lo vea. Estaban locos estos romanos, cuando se liaban a poner columnas no tenían medida…


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