Existía la duda, no sabía si muy razonable o no, de lo difícil que podía resultar entrar en este temeroso país. La primera impresión en Madrid no fue muy halagüeña, pues tras someterse al habitual control que todo el mundo pasa, faltaba el control para acceder a la puerta de embarque. Caminando desde el largo pasillo, se veía un porvenir muy muy negro apostado al fondo con los brazos en jarra, tipo matón de discoteca, y tras él lo que me pareció una división completa de policías esperando ansiosos para recoger los restos… A decir verdad, no sé cuantos polis forman una división, ni siquiera sé si se agrupan de tal manera, pero lo que si sé es que la escena producía bastante intranquilidad.

Luego no fue tan trágico. Había más de una veintena de seres pertenecientes a diversos cuerpos, pero eran bastante amables, no lo puedo negar. Pero ciertamente eran necesarios porque se tomaban demasiadas molestias con cada pasajero. Entre 5 y 10 minutos de media con cada uno, incluso alguno estuvo un cuarto de hora, vaciando por completo todo lo que llevaras como equipaje de mano. Escudriñaban cualquier objeto, por pequeño que fuera. Miraron en agujeros de mi saxo que yo mismo desconocía que existían. Analizaron minuciosamente mi limpiador interdental, de esos modernitos en forma de escobilla de… versión chiquita. Se sorprendieron ante mi bocata de mantequilla y mermelada (las sobras de la nevera dan para mucho) y casi me toca remover con el dedo entre el pringue a ver si había sorpresas… En fin, lo dicho, no fue para tanto, mucha amabilidad y cortesía, pero desde luego que para meter en la cabina algo peligroso tienes que ser David Copperfield o al menos Tamariz… Eso sí, aviso a futuros navegantes a los “states”, mínimo tres horas antes, o no subes al avión. Luego ya en vuelo, tenedor y cuchillo metálicos, de los grandes. Se come más a gusto, desde luego, pero llegará el día en que un pasajero grillado se líe a tenedorazos en la cabina, y luego por miedo a que los de plástico también sean peligrosos, tocará comer con las manos.

Viendo cómo habían ido las cosas en Madrid, para la llegada a EEUU se generaban muchas dudas. Me imaginaba una escena parecida, pero esta vez sin amabilidad. Bueno, todo era esperar y no desesperar. Y al llegar a Newport lo que te encuentras es la fila para el control de pasaportes que deja en ridículo a las de los parques de atracciones en pleno mes de agosto… Lo primero que pensé fue “a ver, el siguiente avión sale dentro de 6 horas, mmmhhh, creo que lo vamos a perder…”. Por suerte, el asunto se redujo a una hora y media, más o menos, aunque el poli de los pasaportes nos tuvo un cuarto de hora de interrogatorio. No le cabía en la cabeza que pudiera tener 3 meses de vacaciones. -¿y los alumnos?- preguntaba sorprendido. -¿y sólo esa mochila tan pequeña para tanto tiempo?-. Yo al principio me lo tomé en plan jocoso, pero hubo un momento que pensé que no cruzábamos la línea, no estaba el asunto para bromas, sobre todo cuando vio que el avión de vuelta era para el mismo día que finalizaba el visado. -¿Y si se suspende el vuelo por por el mal tiempo o algo así? Estarás de ilegal…!-. Hubo momentos de tensión, pero al final nos despedimos confiando que en mayo la climatología no tiene porque ser muy hostil.

Y de ahí había que coger la mochila y pasar por el control de nuevo para el siguiente vuelo. No estaba muy tranquilo porque al rellenar los papelicos de entrada, en uno ponía que estaba prohibido entrar con cualquier tipo de alimentos. Yo llevaba deliciosas almendras caseras, exquisitas olivas negras home-made también, y el imprescindible aceite de oliva de primera presión… No pintaba nada bien la cosa. Recordando lo sucedido en Madrid, la duda ahora era simplemente si se lo quedaban sin más o si además caía una bronca de la hostia. La única forma de saberlo era probándolo, así que como me negaba a sacrificar con mis propias manos tales manjares, todo para adentro, de cabeza al escaner. Y lo que son las cosas, unos inocentes kiwis que llevaba Inma en su mochila de mano distrajeron la atención de la policía que andaba al aparato y dejó que mi mochila, a la que ya le estaba metiendo mano, siguiera su camino por la cinta, la agarré nervioso y nos despedimos mientras ella cogía con cierta aprensión la bolsa con los kiwis… Como dice el refrán, el que no arriesga no gana, jeje.

Aún faltaba la llegada al aeropuerto Louis Armstrong de “Niu Orleans” (por suerte sus habitantes no han sajonizado del todo el nombre llamándola ‘Orlins’), pero no pasó nada de nada. Ni tan siquiera nos pidieron el pasaporte. Nada. Se ve que al ser un vuelo interno ya no estaban preocupados. Ya sólo quedaba llegar al hostel, lo cual fue bastante sencillo con un minibus que hacía ruta por los hoteles, y a derrumbarse en la cama. We got it!

Como en todo el periplo anterior no hubo pelotas para hacer ni una sola foto (aún venía escocido de la pasada experiencia veraniega), pongo ésta del albergue, el India House, para ilustrar un poco la entrada. Es bonico, todo con materiales prefabricados, pero acogedor. Y lleno de veinteañeros que nos miraban como si hubiera llegado el bus del INSERSO, mierda…

Y ahora, tras el breve descanso roto por el “jet-lag” ese de las narices, comienza la búsqueda de apartamento.  Comienzan las vacaciones ¡qué emoción!

Ah, doy la bienvenida a todos los que ya habéis dejado algún mensaje, y a los que sin ponerlos, sé que estáis ahí.