Volvía a casa antes con el tranvía de Canal Street y una pareja de turistas norteamericanos le han preguntado a otro pasajero por la calle Carrolton. Les ha dicho que estaba más adelante, que se lo tomaran con calma. La pareja seguía mirando nerviosa por la ventanilla todos los carteles de las calles, a ver cuándo aparecía el de la calle Carrolton. Qué curioso, aquella primera mañana en New Orleans hace ya dos meses y medio, Inma y yo cogíamos por primera vez el tranvía y preguntamos a un pasajero por la calle Carrolton, y nos dijo que estaba más adelante, que nos lo tomáramos con calma. Mientras, mirábamos nerviosos por las ventanillas a ver cuándo veíamos el cartel… Al poco rato les he dicho, “tranquilos, voy a la calle Carrolton, ya os avisaré cuando vayamos a llegar”. A pesar de todo, él seguía mirando por la ventanilla; quizá no se fiaba de que un tipo con semejante acento pudiera saber dónde estaba la calle Carrolton. Tampoco me fié yo aquella vez, lo recuerdo.
Hace unos meses Nueva Orleans era para mí una ciudad mítica por todo lo que siempre se escucha sobre ella, pero realmente era un lugar absolutamente desconocido, porque no había querido mirarme con antelación el vídeo de “españoles por el mundo en Nueva Orleans”, o el reportaje de la Lonely Planet, ni tan siquiera hojear u ojear una guía de viaje. Quería descubrirla de primera mano, como cuando conoces a una nueva persona y cada día vas aprendiendo algo nuevo de ella. Y ahora, casi tres meses después, ya me está empezando a resultar tan familiar… El bus 91 que a veces se adelanta y no puedes despistarte, el horario del tranvía a ver cuál es el que gira por Carrolton en lugar de subir a cementerios, la lavandería del barrio que te deja la ropa igual que la habías llevado pero con olor a suavizante, el supermercado grande Rouses y el más familiar que está un poco más lejos y que encima es más caro, el minúsculo mercadillo “Farmers Market” de los jueves que hasta en Castel de Cabra resultaría pequeño, los nombres de sus calles famosas que además los reconoces en muchos de los títulos de las canciones o en sus letras, los barrios a los que es mejor no entrar ni aún en coche, los bares míticos y los que pretenden serlo, los músicos que van tocando con distintas bandas y que al principio nos despistaban “¿pero ese del trombón no es el que tocaba el otro día con los Jumbo Shrimp…?”, los otros músicos callejeros que aparecen en cualquier esquina, las escaleretas de la Jackson Square repletas de turistas viendo a los buscavidas de turno, los colegas del Jazz National Park con los conciertos con los niños los sábados por la mañana en los que soy un niño más, las charradas en el puestecillo de Antonia y Juan en el French Market, las ardillas correteando mientras doy vueltas corriendo al inmenso City Park… en fin, y tantos otros lugares y situaciones que se han convertido en cotidianos. Bueno, en el fondo nada especial, es lo que nos pasa a todos en cualquier lugar en el que vivimos y en el que sentimos que nos encontramos a gusto. Pero si se está muy muy a gusto, como me sucede aquí, y se acerca la hora de la partida, entonces aparece la nostalgia. ¡Ay!
Pero mientras el inexorable paso del tiempo va tendiendo más la mano al 1 de mayo, la vida la sigue por aquí, y se trata de disfrutarla, ¿no? Este fin de semana pensaba que sería de descanso entre el festival del French Quarter del pasado fin de semana, y el tremendo (dicen) Jazz Fest que comienza el próximo fin de semana. Pero no, mira que llevo tiempo aquí y no aprendo: esta gente no descansa nunca. Este fin de semana ha sido el “River Fest” de Algiers, que es el barrio que está al otro lado del río. Del Mississippi, claro. Es que hay que escribirlo con todas sus letras, que no es cualquier río.
Ha sido un festival coqueto, recogidico, familiar. Sólo han tocado 12 grupos, todos locales, pero la mayoría de calidad, algunos de ellos tocarán en el festival de la semana que viene. Y este festival ha servido para demostrar de forma fehaciente cómo la música se vive en este lugar de una manera fuera de lo común. En las fotos vemos por un lado a las generaciones que están recién comenzando, apenas jugando, pero que seguro que pronto serán figuras conocidas en la ciudad y con suerte, fuera de ella. Esos nenes son los hijos de Irvin Mayfield, el menos negro con la trompeta, uno de los
nombres que se escuchan mucho por aquí. El tipo tiene su propio garito, bastante majo, para poder tocar todos los miércoles con su banda; el resto de la semana tocan otros grupos.
Por otro lado, en la foto en la que sale el señor mayor, se trata de un señor muy mayor, realmente muy mayor, Lionel Ferbos: 98 años. Sus padres no le dejaban tocar de pequeño porque tenía asma, pero el se empeñó, y se empeñó, y ya está, a ver quién le dice que no puede tocar la trompeta… Y no solo ha tocado hoy, si no que toca con su banda todos los sábados por la noche en el Palm Court Jazz Cafe. Sé que hay más de un trompeta que lee de vez en cuando este blog, y dada la dificultad que entraña tocar este chisme, la pregunta obvia sería ¿qué opináis de que un tipo siga tocando la trompeta con 98 años?
Creo que estas simples imágenes dan una idea de lo que la música significa para New Orleans, y de lo que New Orleans significa para la música. Yo apenas llevo aquí lo justo para empezar a saborear un poco todo esto, y ya estoy enganchado. Así que los que llevan aquí toda su vida, y encima tuvieron que vivir la tormenta, como la llaman ellos… Por suerte, muchos de los que se fueron han podido volver, y la ciudad, dicen, está volviendo poco a poco a ser lo que era.
Hay una canción de esas que he podido escuchar aquí en infinidad de ocasiones, que ya empiezo a comprender lo que debe significar para los que tuvieron que marcharse en el 2005: “Do you know what it means to miss New Orleans?”. Para los que lleven el inglés aún peor que yo: “¿Sabes lo que significa echar de menos New Orleans?”.
Pongo este vídeo con Billy Holyday junto con el máximo símbolo musical de la ciudad, y de alguna manera del mundo del jazz, Louis Armstrong.
#1 by laura on 20 Abril, 2010 - 5:08
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¡Qué entrada más bonita!Se nota que te ha calado hondo este viaje…no sufras,la nostalgia que intuyes se puede convertir en maravillosos recuerdos para comentar con los amigos, y éso es como repetir el viaje¿no?
#2 by Rombo on 20 Abril, 2010 - 5:58
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Aprovecha, aprovecha…exprime el tiempo…
#3 by Jóse Bellosta on 20 Abril, 2010 - 6:00
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Algún dia con calma, me leeré detenidamente TODA tu aventura. He leido cosas, pero hay TANTO y tan bueno, y yo tengo tan poco tiempo. Pero lo haré, y disfrutaré, como en lo que llevo leido hasta ahora. Pronto nos vemos, por la Campana, o por algún otro sitio.
#4 by morigan on 20 Abril, 2010 - 12:04
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A lo mejor tienes suerte, y si el viento bufa pa’bajo, podria ser que las cenizas del volcan islandes te impidan coger el vuelo de regreso…
#5 by jlpueser on 21 Abril, 2010 - 1:19
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Es curioso, el poli de inmigración a la ida no veía con buenos ojos que el visado finalizara el mismo día que tenía la vuelta. A ver si el volcán hace una gracia y me convierto en ilegal…
Sí, exprimiré el tiempo aquí (aún queda el Jazz Fest, casi nada). Luego ya tocarán campanas y cenas con amigos. Estará bien recordar. Y mejor aún, planear lo siguiente.
#6 by andres on 29 Abril, 2010 - 16:50
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si estuviese Julio Verne vivo, seguro que serias su proximo libro. Nose como te lo montas, pero, eres un crak.
comoo viven estos funcionarios….jeje
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