De las gentes de por aquestos pazos; reseña facilona
Por BAKU.
Pecado mayúsculo de soberbia se me antoja así, de entrada, ponerme tan siquiera a hablar, a mes apenas vencido del viaje, de las gentes de por aquí. Y no sólo porque en el paquete van, ahí es nada, mil millones llenos de ceros y , que ya es gente, ya, sino porque cada un@ tendrá padre y madre, y muchas más cosas propias. Como cuando a Don Winston Churcil le preguntaron que qué pensaba de los franceses y él, así, bien alto, dijo aquello de ” verá vd., es que no los conozco a todos”.
Pero claro, yo, para enredarme en estas cosas, cuento con dos ventajas de las gordas, de las de antes. Una, que lo escribo por una fuerte razón, porque me da la republicana gana; la otra, que cuento por anticipado con la clemencia de quien lo lee. Sin estas, ni atreverme, oiga; con estas, a darle al teclado sin apuro.
Eso sí, por no perderme en mis libertades recién otorgadas, vamos a ponerle a semejante campo un par de marcas: una, que me basaré en lo visto y oido; otra, que lo organizaré por grupos de edades. A ver si así consigo algo de orden y seriedad.
Las gentes de edad (de edades avanzadas, quienes pasen de los 60, por poner un número): pues con estas, si desde la coyunda mental de un occidental se parte, el mundo al revés. Sí señor, son l@s más visibles, los más atrevidos, con sus andares parsimonioceremoniosos, sus indumentarias de hippies, sus abalorios visibles, sus “pirsins”, sus melenas, a veces rastas…
Idem ellas: cualquiera suma en su rostro más pirsins que una cuadrilla entera de adolescentes de las de por allá. Sus trajes, los más atrevidos, quienes más enseñan (estómago, vientre y su correlativa espalda, claro), sus colores, peinados…Todo exagerado. Jovial, diríamos.
Porque, y entramos en el subgrupo de mujeres en general, éstas se hacen invisibles (luego hablaremos de las castas, que tiene miga y, en este punto, vuelcan las cosas). Y si se las ve, andan a la suya, sin mirar más que su camino, el que les llevará al mercado o a sus casas. Poco más se puede decir, pues pocos más datos tenemos, sólo suposiciones, pero este no es el libro de las suposiciones.
De la vestimenta, deducimos que el shari, seis metros de multicolor tela que únicamente ellas saben cómo colocarse, el omnipresente shari, va cediendo terreno a pasos agigantados al suit; este, más práctico, se compone de dos piezas: una inferior, a modo de pantalón (puede ser ancho o estrecho), y otra, una suerte de habito que la recubre hasta las rodillas. Todo del mismo color o a juego, todo igualmente colorista, se entiende. Ah, con su largo pañuelo con caída a ambos lados de los hombros y hacia atrás.
Digo, las castas, pues aunque abolidas por el Mahatma, ahí están. Y las mujeres de las castas inferiores, la de los intocables, esas sí se dejan ver. !Como que son quienes llevan el peso de las obras públicas! Tal cual lo has leído; quita la mueca y sigue. Con sus sharis coloristas, amasan, acarrean, alimentan con el material a los hombres (menores en número) que encementan, levantan muros o abren zanjas. Confirmado: así y por todo el país. También de esta casta las mujeres que, descalzas y con niño en brazos, te tiran de la ropa para que sepas que por horas puedes tenerla ahí, mendicante. Parecen tener la piel más obscura. Pero no se puede saber del todo; nunca se las ve limpias.
Los hombres, en cambio, que todo lo inundan (hablamos, claro está, del espacio público), tienen su uniforme, si por tal entendemos esos pantalones con aire de pata de elefante, de color infefinido pero recordando a algún origen en gris y su camisa con algunos botones sin abrochar del todo, de rayas, cuadros, o lo contrario, que todo vale. En los pies, chanclas; algunos zapatos. No importa color. Calzado que se quitarán apenas se sienten, y aún de pie. Todo el conjunto no tiene por qué ser fiel a las leyes de las tallas, menos aún a las de los colores y sus combinaciones. Y todo desalinado y sucio. Hablamos de la vestimenta, que en el aseo corporal son infinitamente más cuidadosos y no es extraño verlos en fuentes, ríos y otros chorros de agua limpiándose durante largos períodos; y con jabón.
Hombres que miran inmisericordemente a las mujeres o que devoran a las extranjeras que algo de chicha muestren. Hombres salidos, o el personaje mejor logrado, pues eso parecen a todas luces.
Hombres que no siempre uno acierta a saber cuál es su misión en esa parte de la ciudad a esa hora, si no la de esperar y ver qué pasa. Mejor, quién pasa, y si es guiri atraerlo hacia donde sus intereses (los del indio) le beneficien.
Debe haber otra millonada de ellos trabajando en talleres clandestinos, viviendo, comiendo y muriendo allí, pero nos está vedado conocerlos. Y mujeres, me temo. Y es que en el paisaje urbano del país no se dejan ver edificios que recuerden a nuestras f’ábricas, ni aún desde los aviones.
Entretanto, ese 10% de musulmanes , ellas con sus cabezas ocultas; a veces también las caras),ellos tan fáciles de distinguir, con sus ropajes por todos conocidos, con predominio del blanco, y su kefia.
Jóvenes haylos, doquiera que mires, muchas veces en grupos; siempre varones, ni que decir tiene. Su vestimenta, algo más occidentalizada empero, sigue recordándonos que son hijos de sus padres. Ellas también de sus madres, aunque algunas van rompiendo con las tradicionales prendas; no tanto en las zonas rurales, eh.
Ellos sonríen y están deseosos de hablar, ellas apenas miran y pasan como si tuvieran su camino trazado con raya en el suelo.
Nin@s, nin@s y nin@s: incontables, los hay por donde vayas. Si uniformados, cumplen con sus obligaciones educativas. Si no, 24 horas de calle y buscando qué conseguir, más para sus padres que para ellos mismos. A veces cuesta trabajo distinguirlos por sexos.
Y con lo poco que he dicho tras lo mucho que había prometido, callo por hoy, no tanto por gusto cuanto por deberes de buen pasajero de autobús que ha de montar en uno en minutos.
Ya había dicho que contaba con tu clemencia, me temo que asimismo con tu paciencia…