Noches de cachaza y música
28 de Julio, 2007
Tras una ducha fria para despejarme del pedo (en cualquier caso la ducha siempre es con agua fria, sólo hay un grifo…) me fui con Ricardo a una presentación de “Cuadrinhos” (TBOs, cómics) de un dibujante bastante bueno al que le han publicado un cuento que lo van a usar los niños en las escuelas de la región. La cuestión es que montaron el equivalente a un “vino español” (salvando las distancias) y además de conocer a gente muy “in” pude probar el vino brasileño. Hostias que brebaje más malo… No se pueden hacer comparaciones ni con el donsimón, es otro concepto de vino, inexplicable…
De allí nos fuimos a la esquina de “la Faustina”, donde todos los viernes los sonidos africanos se adueñan de esa pequeña plaza y las mujeres bailan y bailan hasta la extenuación. Los de la foto son los músicos (el de la derecha es mi profe de pandeiro) que hicieron esa hoguera para calentar las pieles de los tambores, eliminar la humedad y conseguir así un mejor sonido. Y allí conocí a la pareja que me ha hecho pasar la noche más agradable desde que llegué aquí. Iván, un italiano blanquito, aparentando así como que poquita cosa, de 60 años, e Isbet, arrasadora mulata cubana de 37. Enseguida comprendí que no era esa “típica” relación “europeo busca sexo con latina que busca salir de la miseria”. Su hijo de 5 años correteaba libre y despreocupado entre la multitud que se iba calentando con la música.
Y mientras, entre caipirinha y caipirinha, con los roncos sonidos tribales llenando la atmósfera, la encantadora pareja me iba relatando los secretos de la sociedad del nordeste de Brasil, toda esa realidad que se le escapa al turista que va de paso, incluso al viajero que gusta de observar con otra mirada, esa verdad que sólo se puede conocer cuando ya te has convertido en parte de esa sociedad y vives el día a día con ellos. Y yo estaba fascinado y seducido como si estuviera escuchando una fantástica historia de aventuras. Me sentía como un niño ávido de saber, esa avidez natural que poseen los niños antes de que la sociedad del bienestar aniquile su deseo por aprender. Y aprendí mucho, aprendí todas esas cosas que no salen en los libros.
Cuando Faustina nos dijo que ya no nos podía poner más caipirinhas, que habíamos terminado con no recuerdo cual de sus ingredientes, comprendimos que era hora de marchar. Y allí se alejaron suavemente calle arriba el sabio lobo de mar con corazón de treintañero y la descreída de revoluciones caducas de belleza tan cautivadora como su inteligencia, con su niño chocolate con leche revoloteando feliz a su alrededor.
Y yo tuve la fortuna de reencontrar las eses que había trazado por la tarde y me guiaron mansamente hasta casa.



Creo que aún no he probado el agua desde que llegué… bueno, sí, igual me he bebido un botellín por no mentir. Pero además de la cerveza, bebida indispensable, el agua de coco es otra de esas bebidas arraigadas en todo el pueblo. Casi en cada esquina te encuentras un vendedor de cocos que los guarda en neveras de corcho blanco con hielo (ya se sabe, aquí la bebida fresquita), y le hace un agujero, pajita y a beber. Buenísima y sanísima.





