Jaipur, capital de Rajastán.
Jueves, Agosto 28th, 2008Por IGNACIO
Después de la visita matutina al observatorio astronómico del siglo XVII, volvemos a la calle principal con ánimo de dirigirnos a un restaurante recomendado por la guía. Caminamos en fila india en la zona que no es ni acera ni calzada. Nos sorprende que durante unos cincuenta metros todavía nadie nos haya invitado a entrar en su tienda o preguntado de dónde somos. Finalmente aparece de entre los porches un hombre larguirucho con indumentaria de camarero español: pantalones de pinzas negros y camisa de manga corta blanca (aunque éste con un agujero a la altura del ombligo). Me zafo de su ‘de dónde sois’ con nuestra respuesta favorita: ‘Laponia’; así que pasa a los demás, que también se escabullen, hasta llegar al último, Baku, al que logra llevarse a una relojería adyacente. Tras unos minutos de negociación, la venta no acaba de fructificar, así que nuestro gancho se quedará sin comisión. No obstante, antes de que nos vayamos, nos pide un favor visto que acaba descubriendo finalmente que somos españoles: nos muestra un pedazo de papel, una página doblada de cuaderno de una línea, nos pregunta si seríamos tan amables de ayudarle con la traducción al castellano, ya que pretende comunicar con una tal Carmen, según él amiga suya, que reside en Madrid. Sorprendente. Hasta ahora hemos visto de todo en la India, pero nada de este tipo. La primera impresión después de todo lo visto en este país es desconfiar y pasar de largo, pero por otra parte apenas nos cuesta unos minutos y tenemos tiempo hasta la hora de comer. Accedemos. Nos lleva a la vuelta de la esquina, una especie de patio interior, con mesa y bancos donde proceder, mientras una cuadrilla de indios merodean aburridos sin nada que hacer alrededor. Por cuestiones de mejor letra y por ser la última en escaquearse, será Cris quien haga de escriba. Empieza el dictado:
Mi Querida Carmen:
¿Cómo estás, amor? espero que estés bien. Pienso en ti a todas horas. No puedo dejar de acordarme de ti ni un momento. Estás siempre en mi mente y en mi corazón las veinticuatro horas del día. Estamos muy lejos el uno del otro, pero unidos muy fuertemente en nuestro corazón, cómo me gustaría que estuvieras aquí conmigo! así podríamos hablar los dos cara a cara. No es posible ahora, pero espero que lo sea pronto. Por favor, no te preocupes por mí, todo lo que estoy haciendo aquí, en Jaipur, es trabajar y pensar en ti a todas horas. Estoy esperando el día en que volvamos a estar juntos. Sé que podemos ser muy felices juntos, así que déjame saber cuándo volverás otra vez. Me gustaría que vinieras y recogerte en el aeropuerto de Delhi. Dime con qué compañía vendrás, la fecha y hora y el número de vuelo….
Y hasta aquí se puede leer en la fotografía que hizo José Luis de la carta. Continua por la página de atrás, pero lamentablemente de dicho fragmento no tenemos ni pruebas ni memoria, aunque era un poco más de lo mismo.
La sensación que causó el final del dictado fue para alguno de nosotros de ‘por fin, así que vámonos ya’. En cambio para alguna fue de regusto sentimental, parecía todo impregnado de sinceridad y ternura… El amante indio mostró su agradecimiento a la escriba con tres sonoros besos en las mejillas y preguntándose qué podría darle a cambio de su tiempo, y le preguntó: ¿cuál es tu color favorito? - Azul. - Entonces ven a mi oficina que te voy a regalar un collar azul.
Nos pusimos en marcha. La comitiva la abrían en pareja el indio y Cris, a veces cogidos de la mano, a veces la mano sobre el hombro, siempre por iniciativa de él. Detrás comentábamos… A medida que recorríamos distancia y calles cada vez más estrechas y alejadas del centro surgían sospechas: se hace raro que dicho señor tenga su oficina tan alejada del lugar donde está haciendo de gancho, y además que no esté trabajando en dicha oficina (que por cierto, ¿de qué será?), el hecho de que nos lleve por callejones de extraño apetito para turistas como nosotros nos hace pensar que quizás todo sea un reclamo para llamar nuestra atención y así conseguir atraernos a un lugar al que ni por casualidad hubiéramos llegado solos. ¿Acabará mostrándonos algo que comprar?…
Finalmente llegamos a la famosa oficina: en la puerta nos cruzamos con una rubia cincuentona que se despide de un indio. Mientras los demás entramos, José Luis se queda con ella (me entran ganas de preguntarle si ha llegado allí después de escribir una carta de amor). Dentro, una mesa de cristal con toda la mercancía en su interior: collares, pendientes, brazaletes, anillos y todo tipo de adornos de plata; sobre la mesa un álbum de fotos: fotos de un viaje a través de toda Europa, pero en ninguna de ellas aparece el gancho, sino su socio el joyero. Después de entrar en escena, éste nos irá contando sus viajes de negocios a Europa, las concesiones que tiene para vender plata en determinados sitios.. y casi todo esto contado en correcto castellano. ¿Quereis un té? Dos síes, un no: al final se ha descubierto el pastel. Todo era un cuento, querida Carmen. Mientras tanto, José Luis sigue fuera con la guiri, resultará ser una neozelandesa que compra plata al por mayor a nuestros ‘amigos’ para luego hacer negocio en su país; nos contará secretos de todo tipo sobre timadores rajputas de joyería (si en una piedra de collar el fondo parece metálico u opaco, seguramente será un trozo de papel, o los falsos porcentajes de plata que nos pretenderán colar: 10% debido al uso de cadmio, en lugar del prometido 92´5) y de lo que no es joyería (tengamos cuidado cuando vayamos a Pushkar, un pueblo del mismo estado de Rupiastán: parece haber toda una mafia que aprovecha a las niñas gitanas para que si logran colarte entre las manos una florecilla para la ofrenda en el lago de cada atardecer, aprovechen para pedir hasta 3000 rupias y más vale pagarlas), el precio de la plata, consejos de viaje. En cambio me puede la curiosidad y permanezco dentro en la lección de psicología de ventas: a la clienta se le regalan unos pendientes con el fin de que sienta algo entre deseo y obligación a comprar. Y al cabo de unos minutos al fin funciona. Poco, pero lo suficiente para que Carmen siga viva en el recuerdo y se vuelva a utilizar contra futuras víctimas.

































